martes, 1 de marzo de 2016

Mi experiencia en el mundo laboral.

 Comenzaré diciendo que jamás estuvo en mis planes estudiar la carrera de Educadora de Párvulos, pero mis pocos recursos económicos me impidieron ir a estudiar a otra ciudad la profesión que yo quería realmente ejercer. Desde que leí el libro “Martín Rivas” a la edad de 13 años, decidí que sería abogada, específicamente quería ser una gran fiscal para conseguir que todos los delincuentes estuviesen donde correspondía: En la cárcel. Hoy en día agradezco no haber tenido esa posibilidad porque para ejercer la abogacía se necesita, no sólo dominar al “revés y al derecho” las leyes y hacer un trabajo de investigación (lo cual me encanta), también hay que tener un gran poder de convencimiento (algunos utilizan la mentira y les importa muy poco la ética). No generalizaré diciendo que todos los abogados son así, eso sería una gran injusticia, pues existen abogados honestos y sinceros y tienen todo mi respeto quienes lo son, pero, tal como en las otras profesiones del mundo, hay gente que para "destacarse" en su trabajo pasan por alto los valores y lo correcto, así como existen quienes tienen una gran vocación y realizan su trabajo a conciencia. Me imagino enfrentándome en la corte a algún abogado sin escrúpulos y mintiendo sin consideración para defender a un pedófilo y sé que mi reacción no sería la mejor, quedando en evidencia mi poco dominio de las emociones y lo más probable es que lloraría de impotencia al ver que se comete alguna injusticia (eso es lo que más me afecta y me molesta, provocando reacciones descontroladas en mí cuando alguien es injusto). 
En el tiempo en que estudié en la universidad, no tuve muy buenas calificaciones pues no me gustaba lo que me enseñaban ni cómo lo hacían. Tenía muy poca concentración en clases y mi mente divagaba en pensamientos fantasiosos sobre mis verdaderos intereses del momento, pero aun así y con ayuda de mis compañeras, logré tener mi título universitario. Y no es que yo no tenga la suficiente inteligencia para haber sido capaz de sacar mi carrera universitaria sin ayuda, lo que sucede es que no me gustaba para nada lo que allí se me enseñaba, por lo tanto me era indiferente estudiar o no, no así si hubiese estudiado lo que yo quería, porque me conozco y sé que hubiese dado lo mejor de mí, porque soy muy perfeccionista cuando algo de verdad me gusta, llegando a destacarme en ello.
Artista: Eduardo Replinger.

Mis primeros años laborales fueron muy difíciles, tuve que aprender a convivir con personas que yo no había elegido para relacionarme, pero como eran mis compañeras de trabajo, no había otra alternativa y debía relacionarme día a día con ellas. Con algunas aprendí que hay personas que no dicen las cosas a la cara, sino que prefieren hablar lo que les molesta de uno con otras personas, sin que uno esté presente. Aprendí a conocer la envidia y los celos profesionales (doy gracias de carecer de aquellos sentimientos tan negativos). También aprendí que cuando uno manifiesta los desacuerdos, a los demás les parece mal y enseguida las personas que decimos lo que pensamos somos catalogadas de “negativas” y conflictivas. Y lo peor de todo, es que para una gran mayoría de gente esto es lo "normal", castigando con el rechazo y enojo a quienes somos directos y sinceros, y avalando las conductas hipócritas como si eso fuese lo correcto.
En mi trabajo de maestra de niños pequeños, se exige bastante el ser sociable y "sonriente", sobre todo con los padres de los pequeños que uno educa; de hecho, fue trabajando, que tuve que aprender a ser "funcional" socialmente por obligación y necesidad; aprendiendo a utilizar la sonrisa como un acto mecánico sinónimo de que me agrada trabajar y que me agradan las personas que no son conocidas por mí; y no sólo eso aprendí mecánicamente, también tuve que comenzar a maquillarme porque mi jefa me lo pidió, pues decía que yo tenía cara de enferma y no podía recibir así a mis alumnos; y tuve que comenzar a "disfrazarme" de señorita vistiendo ropa que no era de mi agrado, menos cuando debía calzar tacones. Fue un cambio muy brusco el tener que aparentar ser sociable, sonriente, y relacionarme con algunas personas que yo no tenía ganas ni interés, pero que debía hacerlo porque eran parte de mi trabajo. Lo exigido en este lugar, lo extrapolé a mi vida diaria, entendiendo que para parecer agradable, cada vez que salía a hacer algún trámite, debía sonreír cuando me dirigía a alguien, que debía tener mis labios pintados y que debía "disfrazarme de señorita" usando ropa de mujer y tacones, porque es lo "normal" en una mujer adulta y es lo que "tenía que hacer" (hoy en día sé el por qué no me agrada hacerlo, pero sigo "disfrazándome de señorita" para algunas ocasiones). 
Artista: Eduardo Replinger.

Cuando trabajaba de Educadora me gustaba relacionarme con mis alumnos, no así con los adultos, a no ser que se tratase de enseñarles métodos para complementar la educación en casa (en eso podía explayarme hablando por horas después de mi horario de trabajo, sin importar que no me pagasen las horas extras). Lo que me molestaba era tener que estar sonriendo a los padres la media hora en que debía recibir a los niños, porque no tenía ganas de hacerlo, pero todas las Educadoras lo hacen, por lo tanto debía hacerlo también o si no mis empleadores me llamaban la atención por no hacerlo. Y lo que más me angustiaba y me llenaba de ira, es que mis jefes me obligaran a quedarme callada y no decir lo que realmente pensaba porque para ellos "el cliente siempre tiene la razón", y al ser un Jardín Infantil privado, yo debía "cuidar" la permanencia de los padres como clientes porque "ellos pagaban mi sueldo", por lo tanto no me estaba permitido decirles nada que los fuera a enojar, aunque yo viese injusticias o me gritonearan como si tuviesen el derecho de hacerlo. Mis jefes también querían que yo mintiera en algunas ocasiones en que los padres me reclamaban algunas situaciones del manejo del establecimiento por parte de ellos, y como yo no podía mentir porque les encontraba la razón a los padres, los mandaba a conversar directamente con mis jefes, porque ellos eran los causantes de su malestar y no era responsabilidad mía y menos engañar a quienes depositaban su confianza en mí. Eso obviamente causaba el enojo de mis patrones, los cuales se enfrascaban en discusiones conmigo porque yo no estaba dispuesta a mentir ni a engañar a nadie, menos sabiendo que era una injusticia lo que ellos hacían y no era lo correcto.
Otras de las situaciones que me producían incomodidad, era cuando las educadoras teníamos que utilizar la motricidad fina para hacer decoraciones en las aulas. De todas mis compañeras, yo era la ÚNICA que se manchaba las manos, el rostro y la ropa con pintura o pegamento. LA ÚNICA!!! Mis trabajos manuales eran PÉSIMOS debido a mis problemas con la motricidad fina, pero cuando se trataba de preparar números artísticos en donde mis niños debían bailar coreografías para presentarlas en algún acto, simplemente lograba bailes preciosos (eso es porque yo AMO bailar).
Artista: Eduardo Replinger.

Las actividades de fin de año, en donde se realizan fiestas, me causaban angustia pues estaban presentes los niños junto a sus padres, y eso significaba tener que compartir con ellos (los adultos), pero hablando cosas triviales y no de educación, y yo sólo quería hablar de métodos de enseñanza, pero no podía hacerlo dada la ocasión. Entonces aprendí a elaborar en mi mente un plan de conversación para tenerlo listo en aquéllas ocasiones y así no parecer apática frente a los padres que quisieran conversar conmigo, haciendo un gran esfuerzo para parecer que yo disfrutaba de ese momento. Las actividades extraprogramáticas que se realizaban durante el año en el lugar donde yo trabajaba, también me angustiaban, debía ser capaz de incentivar la participación de los padres en actividades de aniversario y otras actividades varias, y aunque yo trataba de esforzarme al máximo por lograr entusiasmarlos, sentía que todo mi esfuerzo era en vano y transmitía indirectamente mi aversión por las actividades sociales, porque de todas las educadoras, yo era quien tenía un mínimo de participación en los apoderados. Pero curiosamente eso no se daba así cuando debía motivar a los padres en la educación de sus hijos, en esas ocasiones parecía que mis inmensas ganas por educar a los niños las proyectaba a sus padres y lograba casi al 100% involucrarlos en la educación de sus hijos, obteniendo cada fin de año excelentes resultados en los aprendizajes esperados, siendo felicitada por ellos porque sus hijos obtenían excelentes calificaciones en las pruebas de ingreso a otras escuelas.
Pienso que el hecho de ser una mujer con el Síndrome de Asperger me favoreció para que mi trabajo realizado fuese excelente, y si bien es cierto, no era lo que yo quería ejercer, el enseñar a niños fue algo que me apasionó tanto, que fui una destacada educadora. Con los niños sentía una especie de magnetismo y todo lo que me desagrada que hagan los adultos conmigo, en ellos les era permitido. No me molestaba que los pequeños me abrazaran de improviso, ni que me conversaran más de uno a la vez, tampoco me producía un excesivo malestar sus gritos (aunque a veces necesitaba salir de la sala de clases para recuperarme de tanto estímulo). Pero aun así, los niños fueron muy importantes para mí, por eso cada dos años, cuando debía dejarlos partir a su nueva escuela, me era muy doloroso despedirme de ellos, pues me acostumbraba a su compañía, a sus historias, a sus cariños y rostros sonrientes. Fueron muchas noches en que me dormía tarde pensando en las estrategias a utilizar para lograr con ellos un buen rendimiento escolar, aunque estuviese muy cansada y tuviese mucho sueño, mis pensamientos eran acaparados por la necesidad de lograr lo mejor con ellos (las personas con el síndrome somos algo obsesivas con lo que nos gusta y queremos hacer).
Artista: Eduardo Replinger.

Hoy en día, ya no trabajo más como Educadora, lamentablemente ganó la ansiedad que me producía mi poca tolerancia al cambio y al excesivo ambiente de socialización que hay en la educación. Y aunque extraño demasiado enseñar y educar a los pequeños, no puedo trabajar en un lugar donde es difícil que me permitan eximir de las actividades extraprogramáticas y de aniversarios, porque son necesarias para que los niños aprendan a socializar, y en ellas debe estar presente su maestra, y yo no puedo.
Como conclusión puedo decir que una persona Asperger puede ser un gran profesional y destacarse en su lugar de trabajo, siempre y cuando estudie algo que le guste, pero eso no basta, porque para mantenerse trabajando, debe pensar muy bien, antes de elegir la carrera universitaria que va a estudiar, en los pro y los contra que les puede acarrear la profesión que les gusta. Debe considerar los requisitos que se exigen en el lugar de trabajo y si son compatibles con sus características como persona Asperger, de lo contrario, por muy buen profesional que sea, si no toma en cuenta estos detalles, puede sufrir de mucha angustia y ansiedad, lo que puede llevarlo a quedar sin trabajo permanentemente, pero no por falta de méritos, pues eso nos sobra, sino más bien por la poca tolerancia a la presión que ejercen ciertas profesiones y lugares de trabajo en donde uno debe desenvolverse.
Las imágenes utilizadas en este escrito pertenecen a Eduardo Replinger Fuentes, un talentoso artista español con el Síndrome de Asperger. Si quiere ver más de sus obras, visite su página:

Vídeo en donde Diego, un adulto con el Síndrome de Asperger, nos habla sobre el diagnóstico de TEA como barrera en la vida laboral: