sábado, 22 de diciembre de 2018

Los Jueces de las Redes Sociales (análisis de una Joven Aspie)







Se ha vuelto moda escrachar (funar) a la gente por las meteduras de pata que cometen (es así la mayoría de veces), muchas por estupidez y pocas y contadas por maldad. Sí, sí, es necesario el escarnio, pero ya veo que se pasan. Se vuelven jueces y aparte, rasgándose las vestiduras como símbolos de perfección cuando son tan humanos como los que cometen el error de hacer pública su pendejez.
Creo que por coherencia, sólo si son perfectos, pero realmente perfectos (arquetipos perfectos, lo que la sociedad ideal quiere como ciudadano ideal, nos guste o no), libres de "pecados", incorruptibles, tienen derecho a señalar o juzgar reiterativamente a un par. Y siempre apegándose a lo justo: Que todos los implicados tengan opción de réplica. Una cosa es llamar la atención, hacer caer en cuenta el error y ayudar a corregirlo, dejando de lado el argumentito mediocre "como yo sufrí, y que sufran" y otra muy distinta volverse unos malditos puritanos como lo han hecho. Así de simple.
Y sí, alguna vez caí en ese asunto, pero como mencionaría Heráclito, todo cambia. Si no cambias estás cagado, muerto en vida.
Y lo bueno de darse cuenta de fallos ajenos es que evitas reproducirlos o continuar en lo mismo, sobre todo cuando te das cuenta de las incoherencias, como por ejemplo exigir amor, comprensión y ternura cuando no haces lo propio (es decir cuando no te lo ganas), o cuando lo que escribes con la mano lo borras con el codo...





No comparto ese tipo de prácticas que se han hecho costumbre en tiempos donde hasta los maniquíes pasan indignándose por todo, donde no se te puede escapar, repito escapar un perro, peor mudarte y si los dueños no lo aceptan poner en adopción (cuando hacen algo noble en vez de botarlos a una muerte segura) porque eres un maldito desgraciado, malnacido, merecedor de vituperios y la muerte; dónde te prohíben ver una película legendaria porque emplea un término equis que ofende a un grupo que ni se digna en analizar el contexto, lo hacen censurándose por el confort de otros, parafraseando a Jon Stewart; dónde no puedes pensar que las mujeres tienen muchos privilegios en algunas cosas y los hombres mantienen otros tanto, o que usar el todos y todas o sustituir el @ o la x da asco y es una afrenta al idioma porque, uuuff, te conviertes en el enemigo a muerte, en lo más miserable de lo miserable; dónde no puedes ni insinuar a alguien que se case o no se case, o tenga o no tenga hijos (que no se debe, porque es vida ajena y nadie tiene que meterse, POR EDUCACIÓN, pero veo que a veces es el único tema que muchos tienen para romper el hielo e iniciar una conversación en vez del silencio incómodo) porque arremeten como jauría asegurando que les están obligando a hacer algo, porque no son más o menos por eso (wtf, de verdad hay que aclararlo); dónde no puedes estar en desacuerdo con el matrimonio igualitario, o con el matrimonio de heterosexuales, o con el matrimonio con puentes con matrimonio en general según dios manda, porque chillan, patalean y de intolerante no te bajan; dónde no puedes ni pensar que una persona con una capacidad especial -porque si por error dices discapacidad, te pegan virtualmente- también puede actuar mal, también puede influir en que las cosas no marchen, también puede hacer bullying, odiar, agredir; dónde no puedes decir que las religiones apestan, o que los Islámicos deben respetar las costumbres de los lugares a donde van así como ellas no dudan en imponer en sus lares, o que el ateísmo apesta, o que la ciencia apesta, o que las farmacéuticas apestan, o que el sistema apesta, o que es mejor, o que el socialismo es caca o que lo amas más que a tu vida, o que el capitalismo es caca o es tu motivación, o que adoras a la derecha, ultraderecha, izquierda, OPUS Dei, una mancha en tu inodoro, etcétera. Dónde no puedes decir sobre cualquier tópico ¿Sabes, eso no me gusta, no me da la gana que me guste y no me veo obligado a aceptarlo PARA MÍ?, sin imponerlo y respetando que los demás hagan con su vida lo que les cante el orto mientras no te molesten (y entendiendo que convivir implica tolerar sin que signifique que te unirás a lo que detestas). Porque opiniones son eso, opiniones: culeras, burdas, desinformada, son como el agujero del culo para quien las emite: hieden y sólo a él le gustan, van y vienen (y sí, hay quienes deben cuidarse porque son autoridades y líneas de pensamiento de masas de descerebrados que sólo siguen por seguir, ellos sí con cautela, pero no significa que deban ser hipócrita -lo único rescatable de Trump es eso, honesto, aunque nos de coraje... ¿Qué es un impresentable? Lo es y siempre lo ha sido, así que la culpa es de quienes lo subieron ahí, ni modo, ahora chántense al pendejo y sus delirios-). Nunca son respetables, porque sólo se debe respetar al ser humano de dónde provienen siempre y que se a lo gane, siempre discutibles e incluso ignorables... pero cuando las opiniones se masifican y se convierten en misiles para destruir a quien opina diferente, o a quien no nos parece, algo anda mal. En estos tiempos de indignados y jueces de la moral virtual todo es tergiversando o manipulado para usarlo cómo les da la gana y  salirse con la suya. Creo que para cualquier crímen, pero crímen de verdad, hay mecanismos REALES para juzgarlos y procesarlos, imperfectos o no. Debería haber para los productos de la estupidez que son más frecuentes y se vuelven virales gracias los "jueces del anonimato", los justicieros casi siempre parcializados y excesivamente políticamente correctos que tras un teclado se creen invencibles... ya lo dijo Eco, la legión de idiotas.
El mundo siempre ha ido mal, pero con las redes es cada vez más notorio.



Respecto a lo que otros hagan con sus vidas, con su dinero y con su tiempo, tengan la edad, anatomía, economía, ideología, etc., que tengan, diré:
Pues creo que si les hace feliz, está muy bien y no hay ningún problema. Si el asunto es "edad", "aspecto" o cualquier artificio, valor o defecto agregado, pues ¿qué tiene? Qué mejor esa vitalidad, esas ganas de vivir y ese "quemeimportaloquedigan" sin condiciones. Ya quisiera ver a muchas personas ser felices haciendo lo que les canta el orto mientras el resto calla y se esfuerza por buscar su propia felicidad. En mi mundo konitos si es posible esa maravilla, que lo llamo: D-E-JA D-E S-E-R-M-E-T-I-D-O, en suspensión, cápsulas y sobretodo supositorio para quienes son refractarios.
Es que el verdadero problema está en todos los metidos que creyéndonos en un pedestal, un dechado de virtudes, de perfecta existencia, nos consideramos dignos de juzgar a los demás. Y los apuntamos con nuestro dedo a diestra y siniestra porque somos mejores, más infalibles, elegantes y bellos que la Parca. A partir de esa práctica es que empiezan los problemas: dejamos de vivir intentando normar las vidas de los demás.
Y eso va para todos: Los que etiquetan a las personas por sus hábitos, por su vestimenta, por su forma de ser, que de chiste en chiste deja de ser gracioso. Para que se entienda, los típicos meme que aluden a "putas" (generalmente mujeres, rara vez varones, porque practican el poliamor o algo así), a "madres luchonas" (sin saber toda la historia, que en no pocas ocasiones son tragicomedias muy tristes), a gays caricaturescos (y sus luchas cotidianas), a catlovers y doglovers "irracionales" porque "no quieren" formar familias como "dios manda" (que es su decisión y está muy bien también , pero además de sus vidas no sabemos) o los que no se casan (no quieren, no pueden, etc), se casan (por las razones equivocadas o idóneas o lo que sea), tienen hijos (porque se da, lo esperaban o no o como sea), no tienen (no quieren, no pueden o las razones o sin razones que sean), comen sólo vegetales o todo lo que se mueve (por lo que sea), los que abrazan ideologías, sectas, etc., o cualquier forma, estilo o ejercicio de vida diferente (por la razón que sea) como excusa para decir "ese ser humano no vale, merece se ridiculizado, me burlaré porque su vida no es como la mía porque YO soy la mamá de Tarzán, perfecto e inmaculado," cuando sus vidas, nuestras vidas, las vidas de todos y cada uno de los productores de CO2 pueden ser tan fantásticas como ridículas. Por esa necesidad de erigirse y acabar a los demás nace el ACOSO, que no es chiste y del cual muchos somos supervivientes.
A veces es agobiante e incluso atemorizante vivir en un medio donde el que menos confianza tiene te da patadas, porque es como si meterse de cabeza en la vida de otros estuviera normalizado. De verdad. Me tienta irme a vivir en una ermita y olvidarme que ahora, para peor, como certeramente mencionó Eco, Internet nos dio voz a la bola de estúpidos que confirmamos la masa amorfa e insulsa llamada humanidad. Si viviéramos y dejáramos vivir a lo mejor el mundo sería un poquito mejor o menos :poop:

Fin.

Escrito por AKVO.

Nota:
Hago clases de dibujo (retrato)
Niños 6 a 12 años
Horarios y lugar  por definirse
0987845311
Ambato-Ecuador.


sábado, 1 de diciembre de 2018

Poemas y un Breve Relato de una Mujer Asperger







Mi amado inmortal


Acordes apasionados que brotan de mi interior,
cuando siento tu voz, tu aliento en mi boca.
Melodías dulces que cantan mi amor,
torbellinos de pasión que provoca
el oleaje violento cuando me miro en tus ojos,
desnudos los cuerpos, desnudas las mentes
en actitud amorosa los amigos - amantes.


Respeto, comprensión, cálida intuición, entrega sin condiciones,
sin ataduras, sin decisiones.
Realidades hechas sueños, de los cuales somos dueños,
con infinito calor por sendas bien tupidas de mundos de maravillas,
en atrevidos viajes volando desde tu alma a la mía,
soltando intensos chorros, empapándonos,
fusionados en un nuevo ser, en completa armonía.




Una palabra


Una palabra pudo comenzar una guerra
Una palabra pudo darle vida a un poema
Palabras siembran la tierra de pesares y tristezas,
pero dan a luz claveles y brisas
de Primavera.

La palabra es un momento,
pero es vida de tu aliento.
Ésa que va acunándose
en brazos de un sentimiento.

Dejalas alzar el vuelo
Que alcance el entendimiento
Para que nunca te sobre
y nunca tengas de menos.

Alguien hirió a matar sin tener arma
Sólo con la crueldad
de una palabra,
Alguien abrió una flor en el camino
Dijo: "Buen día" y se fue,
Con una palabra.




Amores circulares


Recuerdos, imágenes confusas,
sensaciones extrañas que estallan en mi locura.
Un techo espejado, que nos cobija,
casi cómplice en nuestros juegos desesperados.
Un poco burlón, frío observador,
presencia eterna
de explosiones cósmicas, creaciones humanas,
delicias vividas,
reiteradas.

Pasiones consumidas, letargo animal,
pero las corrientes vuelven a reanimar
el fuego de estos leños casi apagados.
Se mueven, se balancean,
metamorfosis- serrucho que aguijonea el alma.
Llamas candentes de tu cuerpo sagrado
sacando de mí astillas gimientes
en un último intento de reconstruir
Y la historia se vuelve a repetir,
encadenada.


Amores imposibles

}Para ella, él era la noche. Para él, ella era la luna. Y aunque la vida los separaba, sus almas estaban en el mismo cielo...~




Memoria del agua…


Desde que tengo memoria, el agua es MI medio.
Nunca tomé clases de natación; no lo necesité.

Mis padres y mi hermana mayor fueron mis “maestros”. El solo hecho de verlos nadar a ellos me resultaba altamente motivante. Me atraía el sonido del agua, tan plácido, así como ver los rostros felices y relajados de quienes se encontraban disfrutando de la piscina (y del mar). También me atraía el reflejo de la luz en el agua, con sus destellos plateados y el color celeste turquesa del fondo de la piscina.
Recuerdo a mis padres turnándose para llevarme flotando de la mano e indicándome que debía mover mis piernas para avanzar y mostrándome cómo. Incluso recuerdo la primera vez que mi madre soltó mi mano para que pudiera desplazarme solita unos metros en el agua, bajo su atenta, segura y amorosa mirada. Tendría casi tres años.
Fue uno de los momentos más felices de mi vida…
Lo recuerdo como si fuera hoy.
La sensación de libertad, la liviandad del cuerpo, el control sobre el mismo, los suaves movimientos… Sensaciones y sentimientos que perduran hasta la actualidad.

Por aquellos años no se usaban antiparras. Gorra de baño no necesitaba, por cuanto tenía el cabello muy corto.

En la medida en que fui creciendo, cada vez permanecía más y más tiempo dentro de la piscina, sumergiéndome, haciendo mis primeros largos, aprendiendo solita a zambullirme primero de cabeza desde las escaleras, luego desde el borde, luego desde el trampolín bajo y luego desde el trampolín alto, sumando entonces una nueva sensación: la de volar por unos instantes en el aire, cual ave extendiendo libremente sus alas.

A medida que iba adquiriendo mayores destrezas, iba probando nuevos movimientos, tanto para desplazarme, como para flotar, sumergirme, hacer la vertical, la vertical puente, dar vueltas carnero hacia delante y hacia atrás, en una especie de retroalimentación de aprendizaje y control de mi cuerpo, tanto en tierra como en el trampolín y dentro del agua.
La sensación de control de cada músculo de mi cuerpo, de la respiración, la libertad de movimientos, la felicidad plena, la seguridad, el poder expresar(me) sin vergüenzas, ser yo misma, feliz y sola, sin sentirme observada, sin acusar cansancio corporal alguno.
Nadar rápido, nadar despacio, dejarme llevar por todos los sentidos…

Mis padres tenían que llamarme repetidas veces para que saliera del agua, porque no quería dejar de sentir tanta plenitud y alegría.





Cuando tenía nueve años comencé a experimentar algo nuevo durante las vacaciones familiares en la playa. Todos los días veía cómo a la misma hora, antes del mediodía, los guardavidas se metían juntos en el mar para estudiar las correntadas, el oleaje y realizar sus entrenamientos diarios. Lo que más deseaba era poder unirme a ellos en ese ritual diario. Me acercaba tímidamente, pidiéndoles permiso para acompañarlos y ellos me decían que era muy pequeña, que no podía y que, además, precisaba el consentimiento de mis padres para poder hacerlo, dando por sentado que ellos nunca aceptarían.
Entonces, persistentemente les pedía a mis padres que me autorizaran a acompañar a los bañeros. Todos los días, a toda hora.
Veía que mis padres hablaban entre ellos acerca de este tema, deliberando durante días. Ellos pensaban que yo no me daba cuenta, porque al no mirarlos pensaban que estaba absorta en otros temas. También los vi en alguna ocasión hablando con los bañeros y los dueños del parador.

Un día, mis padres habían tenido que realizar algún tipo de diligencia y quedé al cuidado de los dueños del parador de la playa. Uno de ellos, que estaba al tanto de mi deseo de participar del entrenamiento de los bañeros y que a veces se unía a ellos, me preguntó si los quería acompañar. Inmediatamente le respondí que sí, entusiasmada, pero a la vez con temor a que mis padres se enfadaran.
Es hasta el día de hoy que no sé si se trató de un plan urdido entre los dueños del parador y mi padre, para alejar a mi madre de la playa y así poder meterme mar adentro.

Lo único que sé es que ese fue uno de los días más memorables de mi vida. Ir pasando en grupo cada una de las rompientes, el mar que me llevaba para atrás y para adelante, hasta que llegó un punto en el que ya no hacía más pie y no había más rompientes, sino el ondulado mar, que me mecía mientras me iba adentrando con el grupo.
De a ratos hacíamos pequeños descansos, tomándonos de una “salchicha” (así se llamaba) que los guardavidas llevaban al efecto. En todo momento me sentí muy cuidada y respetada por cada uno de ellos.
Me sentía extasiada de ver cada vez más lejos la orilla del mar.
El único cuidado que teníamos que tener era no perder de vista la costa, por el riesgo que corríamos de irnos cada vez más mar adentro y agotar nuestras reservas físicas y ahogarnos.
Ya el regreso me resultó bastante extenuante y debíamos hacer frecuentes descansos para poder recuperar el aliento, hasta que finalmente, haciendo el recorrido inverso y ayudados por las mismas olas, fuimos atravesando una a una cada rompiente hasta llegar lentamente a la orilla.
Fue una experiencia única, indescriptible.





Cuando salí del mar, mis padres me esperaban y me abrazaron fuerte.
Recuerdo la cara de alivio y de enojo de mi madre, sus retos, y la cara de orgullo de mi padre, quien me sonreía.
Recuerdo una discusión entre mis padres en la orilla y también ver a mi madre alejarse enojada de la playa, conteniendo sus lágrimas.
Al día siguiente estaba yo expectante, ansiosa, sin saber qué hacer, sin saber qué pasaría, si me permitirían ir nuevamente junto al grupo de bañeros…
Se acercaba el horario en el que habitualmente los guardavidas cumplían con su obligación de verificar en persona el estado del mar, las correntadas, los vientos.
Finalmente mi mamá me autorizó a acompañarlos y, desde ese día, lo hice todos los días.
Cada día era un nuevo desafío físico y personal.
Por sugerencia de los guardavidas, mis padres me compraron patas de rana para tener más fuerza y velocidad al internarme mar adentro.

Pasaron las semanas y llegó mi cumpleaños N° 10. Ninguno de los bañeros me saludó ni me felicitó, aunque sabían perfectamente que era el día de mi cumpleaños. Los notaba “raros”, pero no lograba darme cuenta de lo que estaba pasando.
Hasta que llegamos al punto más lejano en el que aún se podía divisar la costa en el horizonte para no perder nuestro rumbo.

Paramos como habitual, tomados de la salchicha y descansando. En ese momento, todo el grupo me cantó el “Feliz cumpleaños” en el medio de la inmensidad del mar, me saludaron, me mimaron y me regalaron un hermoso sapito de juguete.
Fue el mejor y más emocionante cumpleaños de toda mi vida…

Luego comenzamos el retorno a la costa.
Al llegar a la orilla, mis padres me esperaban como siempre y les mostré el simple pero hermoso sapito que me había obsequiado ese grupo de hombres tan valientes, tan “rudos” y tan sensibles.
Cuidé con mucho amor al sapito. Ya en Buenos Aires, en mi hogar, lo tenía sobre una repisa a la vista y me acompañaba todos los días…
Lamentablemente, durante una mudanza, el sapito se perdió.

Pero llevo su recuerdo y el del tan especial festejo de cumpleaños grabado en mi mente y en mi cuerpo, hoy y por siempre, como si fuera aquel 25 de febrero de 1979…


Escrito por Liew Vöreva / A. Y. W.